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Con Tacto

En un mundo en donde el contacto es cualquier cosa menos tocar, mi asociación libre me lleva a pensar en la estelar ausencia que la cuarentena le impone. Nada nuevo, ya sé.


𝑃𝑎𝑠𝑎𝑚𝑒 𝑒𝑙 𝑐𝑜𝑛𝑡𝑎𝑐𝑡𝑜 se refleja en una figurita humana sin rostro, con letras y números; 𝑛𝑜𝑠 𝑚𝑎𝑛𝑡𝑒𝑛𝑒𝑚𝑜𝑠 𝑒𝑛 𝑐𝑜𝑛𝑡𝑎𝑐𝑡𝑜, puede que implique retener esos datos del destinatario del mensaje, pero que esa promesa se pierda en el éter de los mantenerse en algo; 𝑝𝑜𝑛𝑒𝑡𝑒 𝑒𝑛 𝑐𝑜𝑛𝑡𝑎𝑐𝑡𝑜, generalmente se relaciona con solicitar algo o apurar plazos, pero tampoco se trata de hacer comunión con el otro.


El viernes me reuní con una amiga que hacía casi un año que no veía. A dos metros de distancia en un banco de los jardines del castillo le conté mi vida desde Mayo de 2019 hasta ahora. Y ella hizo lo propio. Se podían contemplar vistas y colores hermosos, pero no pude abrazarla, también tuve que contemplarla a ella. Casi como que uno desconoce al otro, pareciera que el apachurrarlo, darle un beso -o dos- da forma y cierra el trato del buen momento que pasamos cuando nos vemos. Al menos así lo creo para quienes hacemos uso del tacto como puente de conexión. Conexión en tanto se encuentra al otro en algún rincón de nuestras manos que se saludan, de nuestro rostro hundido en su cabello cuando abrazamos, en el beso donde chocan mejillas acaloradas por la corridita para no llegar tarde.


Vivo en un país donde el 𝑏𝑒𝑠𝑖𝑡𝑜 no abunda, y la verdad es que no había sentido ese bajón hasta ahora. Mientras suspendo esta reflexión y voy a buscarme un cafecito a la cocina, abrazo a la familia que me encuentro por el camino. “¿Qué te pasa hoy que estás tan cariñosa?” Me denuncia la pregunta irreverente. Parece que mi atención flotante sobre mi misma es exquisita y escribe por mi y mis necesidades. Y parece que mi familia piensa que soy bastante más amarga de lo que en realidad soy.




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