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¿Libre soy?

𝐸𝑠𝑐𝑢𝑐𝘩𝑜 la relevancia que adquieren las relaciones luego de ¿apenas? un match, cuatro chats y dos citas - quizás con la última fallida-, y me inquieta.


¿Cuán gratificante puede tornarse gustarle a un otro que es prácticamente desconocido más allá de un 𝑠𝑒𝑛𝑑? Creo que hay en ello una búsqueda de saldar una carencia propia, de llenar un silencio que hace eco, de tener la fantasía de contar al menos 𝑢𝑛𝑎, que salga bien. Y si nos sumergimos un poco más en analizar los por qué, quizás hasta veamos que ni siquiera es ese otro en si mismo el que nos mueve a tanto ni tampoco quien nos produce ese estruendazo cuando caemos, sino la propia sensación de vacío que no queremos enfrentar y que nos sorprende cuando ese match ya no contesta.


Ese sabor rancio pareciera impulsarnos a ocuparnos de un vínculo que ya virtualmente se intuye frágil pero que seduce por esa misma improbabilidad y nos mantiene ajenos -al menos por un ratito más- a tantas cuestiones propias pendientes...


Escucho historias y pienso: ¿Qué hubiese sucedido si Bella, Ariel, Jasmín y Elsa, entre otros, hubiesen tenido un perfil en Tinder?




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