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Bruma

Aturdida por las tantitas cosas nuevas que debo atender, hago un stop, salgo a caminar y pienso: ¿Cuál es la edad para dejar de aprender algo? Lo digo en serio, escapando al cliché de 𝑡𝑜𝑑𝑜𝑠 𝑙𝑜𝑠 𝑑í𝑎𝑠 𝑠𝑒 𝑎𝑝𝑟𝑒𝑛𝑑𝑒 𝑎𝑙𝑔𝑜 𝑛𝑢𝑒𝑣𝑜.


En teoría, nuestra plasticidad neuronal nos supone capaces de cambiar, de adaptarnos, de filtrar info, de descartar cuestiones disfuncionales y de atesorar recuerdos que nos resulten esenciales para nuestra supervivencia. Lo que hasta hace unas décadas los psicólogos lo suponían únicamente posible durante la niñez, hoy sabemos que continúa su camino indefinidamente.


Caminando y esquivando los charquitos en el suelo pienso en todo lo que voy asimilando: delicadezas de un idioma que ya me era conocido, plataformas varias para dar clases y parecer experta, seminarios psi con enfoques muy diferentes… y en todo ello me esfuerzo, entreno, estreno, triunfo y fracaso, todito como una campeona. Repaso inconsistencias, aciertos y pendientes. Mientras lo hago, tengo la convicción de que me demanda más tiempo, ganas y batería que antes. En una de esas, porque me volví más autoexigente, o quizás apenas porque hay más tipografías entre las cuales puedo elegir la adecuada para el trabajo de investigación, no lo se...


Sin embargo, siento que este cuestionamiento que me hago sobre la edad, los desafíos y la sinapsis eterna es real y necesario. Saber de mis limitaciones (muchas) también es potenciar mis posibilidades.

Eso si: espero que mi óptica de las cosas no se reduzca a mi visibilidad en este día Escocés.




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